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El acero que ruge y el telescopio que mira en silencio: Roman, Starship y una nueva forma de explorar el cosmos
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El acero que ruge y el telescopio que mira en silencio: Roman, Starship y una nueva forma de explorar el cosmos

Hay días en los que mirar hacia arriba alcanza para recordar lo extraordinaria que puede ser nuestra especie.

El 30 de agosto vi despegar al Telescopio Espacial Nancy Grace Roman a bordo de un Falcon Heavy de SpaceX. Y sí, sé que después de tantos lanzamientos uno podría pensar que ver un cohete subir al espacio empieza a volverse normal.

A mí todavía no me pasa.

Porque adentro de esa punta blanca que se pierde en el cielo viajan años de trabajo, preguntas que todavía no sabemos responder y un telescopio que ahora se dirige a un lugar situado a casi 1,6 millones de kilómetros de la Tierra.

Un millón y medio de kilómetros.

Es uno de esos números que uno lee y sigue de largo porque cuesta imaginarlo. Así que llevémoslo a algo más cotidiano: la Luna está, en promedio, a unos 384.000 kilómetros de nosotros. Roman va a trabajar aproximadamente cuatro veces más lejos.

¿Para qué mandar algo tan sofisticado tan lejos?

Bueno, acá empieza lo lindo.

Roman: una cámara enorme para un universo todavía más enorme

El Nancy Grace Roman tiene un espejo principal de 2,4 metros, prácticamente del mismo tamaño que el de Hubble. Pero hay una diferencia enorme en la manera de mirar: su instrumento principal puede observar en una sola toma una porción del cielo al menos cien veces mayor que Hubble.

Dicho en “idioma Doña Pepa”: imaginemos que Hubble observa el cielo a través de una ventana pequeña y consigue fotografías extraordinariamente detalladas. Roman puede mantener una nitidez comparable, pero abriendo de golpe un ventanal muchísimo más grande.

Eso le permitirá estudiar miles de millones de objetos y construir panoramas gigantescos del universo.

¿Y qué estamos buscando?

Entre otras cosas, algo bastante humilde: entender de qué demonios está hecho buena parte del universo.

Sabemos que existe la materia oscura por los efectos gravitatorios que produce, aunque no podamos verla directamente. Y sabemos que la expansión del universo se está acelerando, fenómeno que asociamos con eso que llamamos energía oscura.

Los nombres parecen sacados de una película, pero en realidad son nuestra manera bastante sincera de admitir: sabemos que ahí hay algo y todavía no entendemos completamente qué es.

Roman buscará pistas sobre ambas.

Y además tendrá otro trabajo que particularmente me fascina: buscar mundos fuera de nuestro sistema solar.

Telescopio Nancy Grace Roman

Una lupa hecha con gravedad

Acá aparece una de esas cosas de la física que parecen magia hasta que alguien te las explica. Roman utilizará, entre otros métodos, la microlente gravitacional para descubrir exoplanetas. El nombre intimida un poquito. La idea no tanto.

La gravedad de un objeto puede curvar y amplificar la luz procedente de otro objeto situado detrás. Si las posiciones coinciden de la manera adecuada, una estrella puede comportarse durante un tiempo como una especie de lupa natural. Observando esos cambios en la luz, los astrónomos pueden detectar incluso la presencia de planetas que de otra manera serían extremadamente difíciles de encontrar. NASA espera que Roman encuentre más de mil exoplanetas mediante este tipo de relevamientos.

Y esto me gusta porque resume bastante bien nuestra relación con el universo: a veces no podemos ver algo directamente, así que aprendemos a reconocer la huella que deja al pasar.

¿Y qué tiene que ver Starship con todo esto?

Acá quiero separar bien las historias porque se pueden mezclar fácilmente:

Roman no viajó en Starship. Viajó en un Falcon Heavy.

Pero mientras miramos lo que Roman podrá hacer durante los próximos años, vale la pena mirar también lo que está ocurriendo con Starship, porque podría cambiar una limitación que los astrónomos conocen demasiado bien: cuánto podemos meter dentro de un cohete.

Los observatorios espaciales no se diseñan únicamente pensando en qué instrumento sería científicamente ideal. También tienen que entrar físicamente dentro del vehículo que los llevará al espacio.

Y ahí empiezan los malabares.

El ejemplo más famoso es el James Webb, cuyo enorme espejo tuvo que viajar plegado y desplegarse una vez en el espacio mediante una secuencia extraordinariamente compleja.

Es un poco como querer mudar una mesa enorme por una puerta demasiado chica: o conseguís una puerta más grande, o diseñás una mesa capaz de doblarse.

Starship propone, entre otras cosas, una puerta mucho más grande.

El sistema mide nueve metros de diámetro y SpaceX lo diseña para transportar más de 100 toneladas a órbita en su configuración plenamente reutilizable. Su espacio destinado a carga también es muy superior al de muchos lanzadores actuales.

Eso no significa que mañana vayamos a subir un telescopio gigantesco sin plegar y listo. Diseñar un observatorio espacial implica vibraciones, masa, temperatura, óptica, costos, órbita y cientos de problemas más.

Pero sí abre una posibilidad fascinante: que los científicos del futuro puedan diseñar algunos instrumentos con menos restricciones impuestas por el tamaño del cohete.

Y ahí Roman y Starship, aunque sean proyectos diferentes, terminan contando una misma historia.

lanzamiento de Starship

Una mira y la otra empuja

Por un lado tenemos a Roman: precisión, sensores, óptica, silencio. Una máquina construida para detectar señales increíblemente débiles que llevan viajando por el cosmos muchísimo antes de que existiéramos nosotros.

Esta es la imagen más completa a nivel conceptual porque une en una sola escena el universo profundo y el impulso del despegue, o sea, conecta visualmente el telescopio con Starship. Es la que mejor resume la tesis central de la nota: la unión entre observación científica y capacidad de transporte espacial.
telescopio espacial y Starship

Del otro lado está Starship: motores, toneladas de propelente, acero y una cantidad de energía difícil de imaginar. Una necesita observar sin molestar absolutamente nada. La otra necesita hacer un estruendo monumental para escapar de la gravedad terrestre. Y sin embargo las dos pertenecen a la misma aventura.

Quizás por eso me gusta tanto este momento de la exploración espacial. Estamos aprendiendo simultáneamente a construir máquinas capaces de llevar cosas cada vez mayores hacia arriba y ojos capaces de mirar cada vez más lejos. Una amplía nuestra fuerza. La otra amplía nuestra mirada. Y entre las dos aparece nuevamente esa pregunta que llevamos haciendo desde que alguien levantó la cabeza por primera vez y vio estrellas:

¿qué hay ahí afuera?

Todavía no tenemos la respuesta.

Pero acabamos de mandar otro par de ojos a buscarla.

María Isis

Seguime en Instagram: @mariaisisperiodista

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